Aunque siempre consideré que Etiopía sería un viaje inolvidable, me costó tomar la decisión porque intuía que iba a experimentar un exceso de emociones.
Tengo una pareja de muy buenos amigos en Madrid que conocí en mi primer viaje a Argelia y que para mí, siempre han sido más que amigos, son como familia.
Él tiene una agencia de viajes y expediciones a medida. Viaja tanto con sus clientes como en sus propios viajes personales, principalmente a África y Asia, con cierta predilección por Tanzania, Bali y Etiopia.
Sobre todo, por Etiopia… que después de mucho tiempo viajando varias veces al año por el sur del país, ya se ha hecho muy conocido y querido, principalmente por la gente del poblado de Turmi.
Los Hamer, es la tribu más conocida y numerosa del sur de Etiopía. Son considerados como uno de los grupos étnicos más tradicionales del país. Se dedican, principalmente, a la agricultura y al pastoreo.
Se distinguen tanto por su aspecto exterior como por su carácter.
Los Hamer, calificada como la tribu más hermosa de África, son coquetos por naturaleza. Tanto hombres y mujeres, se hacen elaborados peinados y marcas corporales, pintan y decoran su cuerpo con muchos colores y abalorios, combinaciones que reflejan su estatus social y distinguen a guerreros, cazadores y esposas principales.
Tienen un gran sentido familiar y de comunidad. Son abiertos y hospitalarios.
Los niños son muy cariñosos, alegres y sonrientes… y si conectas con alguno, te cogerá de la mano y te mirará pidiendo que ya no le sueltes…
La primera vez que visité Etiopía, lo hice con esta pareja de amigos que conocían tanto este país y esa tribu.
Recuerdo la tarde que llegamos a Turmi, después de dos días en coche para llegar allí desde la capital Addis Abeba. Tras un buen rato saludando a todo el mundo del poblado, fuimos dando un buen paseo a pie por una árida llanura, hasta llegar a la choza donde vivía la familia Hamer, que más conocían mis amigos.
El camino duró una media hora… y supe que estábamos llegando porque se oían los gritos de alegría desde lejos.
En verse y reencontrarse, la emoción y la alegría podía palparla como espectadora.
Nos hicieron entrar en su cabaña. Inmediatamente, nos sirvieron como bienvenida, su café especial que íbamos tomando todos de un mismo cuenco y que nos pasábamos de unos a otros.
Les hacía fotos. Yo podía hacérselas sin reparos porque era amiga de sus muy buenos amigos.
Pero decidí dejar de verles a través de mi cámara y observarles… poder fijarme en cómo se relacionaban mis amigos con toda la familia Hamer, desde la mujer fuerte y dominante de esa aldea, a su hermana, su marido, sus hijos, sus sobrinos… y a su madre y abuela, que a la vez era la persona más sabia de la aldea.
Ver cómo se abrazaban, se daban cariño, se miraban, se hablaban, se reían, se contaban las novedades desde la última visita de mis amigos, como los niños pequeños jugaban y se subían encima de ellos…
Aquella tarde, sin duda, fue una experiencia inolvidable. Poder vivir ese momento tan especial entre dos familias tan lejanas y entre dos mundos tan distintos y separados por un abismo… pero que la fuerza del cariño y la magia del sentimiento puro y autentico, les convertía en miembros de una única familia… la del corazón…
Si quieres, puedes ver aquí más fotos de retratos de la etnia Hamer.
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