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Tengo la gran suerte de vivir en Catalunya, en España.
Ser de Europa, te da la facilidad de tener relativamente cerca, muchísimos países fascinantes y muy diferentes entre sí.

Los lugares que he visitado haciendo un recorrido por el país son Francia, Alemania, Suiza, Austria, Rumania y Noruega.

Los cuatro primeros, los conocí en un mismo viaje con una ruta en coche durante tres semanas, visitando algunas ciudades, pero sobre todo zonas rústicas, naturaleza, pueblos pintorescos… y probando el hospedaje en casas particulares.

Rumania y Noruega han sido mi dos últimos grandes viajes.
En los dos he viajado sola y os aseguro, a las que no lo habéis probado o incluso os da reparo hacerlo, es una forma fantástica de viajar, de integrarse mucho más en el viaje y conectar de una forma muy verdadera con los compañeros de aventuras.
En todos los viajes que he hecho sola, me he llevado grandes amistades.

Para mí Rumania, es el país de las ciudades medievales, las iglesias, los castillos fortificados, los bosques de Transilvania… la leyenda de Drácula… y un extenso grupo de buenos amigos.

Noruega… la maravillosa Noruega.
Tengo que confesar que estoy fascinada con este país y con muchas ganar de volver.
El país de las montañas, los glaciares, los fiordos y una gente maravillosa.
Noruega, ha sido considerada en muchas ocasiones, como el mejor país del mundo para vivir, con una de las esperanzas de vida más elevadas del planeta, superando los 84 años en las mujeres y 80 para los hombres. Tienen una mentalidad de vida, de disfrutar, de ser felices… digna de admirar y de la que el resto de países deberíamos tomar muy buena nota… ¡y sin tener el clima del mediterráneo!

Mi itinerario por Noruega fue en barco de crucero por los fiordos.
Confieso que al principio me sentí algo desubicada y abrumada. Era mi primera vez en un barco de esas magnitudes y me sentí desbordada entre tanto lujo, todo tan a lo grande y a grandes cantidades. Pero descubrí que es una magnífica forma de viajar haciendo un itinerario por un país, sin cambiar de habitación de hotel ni tener que hacer la maletas, a diario. Así que… ¡genial!
De este país, me quedo con los paisajes, la naturaleza… y conocer a unas grandes amigas con las que pasé muchos momentos de tantas risas que rozaban el exhausto. Pero sobre todo, recuerdo mis momentos en silencio, contemplando el mar, sin hacer nada -bueno sí, algún story en Instagram colgaba-. Esos momentos, horas y horas, de solo estar sentada, mirar el mar, dejar la mente en blanco (o azul)… y contemplar.
Es ese tipo de paz que me encanta experimentar.

Si quieres, puedes ver aquí más fotos de la galería de los Fiordos Noruegos .


Viviendo en España, cualquier capital europea es una buena idea como destino para un viaje corto de un fin de semana o un puente. Y a sí he conocido París, Roma, Venecia, Ámsterdam, Londres, Lisboa y Milán.

Hace ya unos años, mi hermana, a la que adoro, tuvo la brillante idea de que en lugar de hacernos regalos superfluos para Navidad y cumpleaños, ahorrar ese dinero y así poder hacer un viaje juntas a una capital europea. Me lo explicaba mientras me regalaba un billete para irnos a París, un destino que yo anhelaba desde siempre.

Recuerdo que llegamos a París súper temprano -ya sabemos que lo vuelos más baratos tienen unas horas intempestivas-. Cogimos un bus desde el aeropuerto hasta la ciudad. Una vez allí, decidimos hacer a pie el largo trayecto hasta el hotel. Pasear por París, mientras la ciudad en silencio iba despertando, fue una magnífica idea.
Aunque fuera de lejos, siempre recordaré cómo me impacto ver la Tour Eiffel por primera vez.

Roma la he visitado dos veces.
La primera fue un viaje familiar. Mi hermana y yo, les regalamos a los papis un fin de semana en Roma para ir los cuatro, como regalo de sus bodas de oro, porque sabíamos que lo iban a apreciar y recordar siempre.
Esta primera vez, la ciudad me impactó. Me encantan las ruinas arqueológicas. Pero la segunda vez, la disfruté a consciencia, convirtiéndose en mi ciudad preferida. Me alucina como tiene tantos rincones mágicos y como al volver cualquier esquina te puedes encontrar un gran tesoro histórico.
Mi lugar preferido: la Fontana di Trevi. De día o de noche, me podría pasar horas contemplándola… y me las pasé.

Fue lo contrario con Londres, que es una ciudad enoooorme. Así como Roma, está todo muy concentrado y puedes pasarte horas callejeando viendo muchísimas sitios interesantes, en Londres necesitas transporte para ir a cualquier punto. Aunque confieso que esa combinación de lo clásico-histórico con lo moderno-futurista, a mí me chirrió un poco, es una ciudad espectacular. Me quedo sobre todo, con la magia del barrio de Covent Garden.
Me encantaría volver a esta ciudad, pero disfrutando de ella en fechas navideñas. La ciudad está preciosa por Navidad.

Venecia te fascina nada más llegar, sobre todo por la singularidad de que las calles sean canales y los coches sean góndolas; Ámsterdam por la peculiaridad de sus edificios de casas estrechas y canales, motivo por el que también se le nombra la Venecia del norte y Lisboa o La Ciudad Blanca, por la luz que emana.
Milán está considerada como la capital de la moda, con un fuerte núcleo financiero con la Bolsa nacional y exclusivas tiendas y restaurantes. El Duomo es espectacular, pero me quedo sin duda, con un paseo al atardecer por Navigli, el barrio de los canales.


Y así he conocido París, Roma, Venecia, Ámsterdam y Londres… con mi hermana. Lisboa y Milán, fueron viajes con amigas. Porque aunque tengamos trabajos estresantes, responsabilidades, pareja o hijos, no tenemos que olvidarnos de estas escapadas llenas de buenos momentos y muchas risas, que te hacen desconectar de tu rutina y sentirte más viva.