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Se denomina Naturaleza, a todo aquello que se ha generado de forma espontánea en el planeta Tierra, incluyendo los organismos vivos, sustancias materiales y minerales.

Me enorgullece decir, que yo siento un profundo respeto por la Naturaleza y cómo admiro la grandeza de su belleza.
Me fascino y me emociono con mucha facilidad, ante cualquier muestra de la Naturaleza, como el viento, la lluvia, un precioso arcoíris o un maravilloso atardecer…

En nuestra sociedad, a veces es difícil conllevar ese respeto. Por distintas vías y formas, nos han inculcado ciertas creencias que desajustan ese equilibrio de vivir con respeto.

En mis viajes por África he aprendido grandes lecciones.
Lecciones de respeto, de aprendizaje y de desaprender lo que yo llevaba conmigo aprendido.

Siento mucho respeto y admiración por los animales.
Una de las grandes lecciones que he aprendido en África, es a respetar cualquier ser vivo.
En nuestra sociedad, nos han enseñado a tener cuidado con los grandes animales o los peligrosos, porque podemos salir perjudicados.
Pero… ¿Qué pasa con los animales que sabemos que tenemos las de ganar, simplemente por una cuestión de tamaño?
Como por ejemplo, esa terrible manía que tenemos de chillar, agarrar la zapatilla y practicar el espachurramiento, cada vez que se nos cruza una araña o una cucaracha.

Ya sé que va a parecer demagogia, pero es que todos los seres vivos tienen los mismos derechos a vivir y todos están en el planeta por una razón.

Yo aprendí a respetar, en un wáter de Botswana. Sí, sí, ríete.
Eran unos lavabos bastante cutres de un camping de Botswana. Te diré que no tenían ni puerta, solo una madera grande con una cadena y un candado, donde ponía “ocupado”.
Pues estaba yo (casi) sentada en el WC, mirando la pared de cemento de enfrente, simplemente porque es lo que tenía delante. Entonces, apareció una enorme araña de esas que son finitas, de cuerpo pequeño y patas súper largas. Lentamente, atravesó la pared de lado a lado.
En el primer momento que la vi, confieso que salió de mi boca un “Ostiaaaaaaaa menudo arañón”. Pero estaba demasiado ocupada en agarrarme los pantalones y mantener el equilibrio, así que, miré a la araña y le dije: “Amiga, vamos a tener que coexistir durante unos minutos”. Me la quedé mirando todo el rato, siguiéndola en toda su trayectoria por la pared, hasta que desapareció de mi vista.
Me subí los pantalones y sonreí.
Ella había seguido con su camino y yo seguía ahora con el mío.
Esa araña de Botswana, me acababa de enseñar una lección brutal de coexistencia entre humanos y seres vivos.

Salí del baño y me esperaba una amiga que en verme me preguntó de qué me reía. Yo moví la cabeza y le contesté con un “Nada, nada”. Y esto es algo que nunca había explicado a nadie, hasta el día de hoy…


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