Era una mañana de domingo, con mis amigos de Madrid, paseando por el parque de El Retiro.
Llegamos al Palacio de Cristal…
¿Has estado alguna vez? Es precioso…
 
Hay unas escaleras para acceder al edificio, y las subimos para observar más de cerca su belleza.
 
Mientras contemplamos el interior de aquella inmensa sala vacía donde me comentan que se realizan conciertos y bailes, empiezo a escuchar una música de fondo.
¿Estaré alucinando?
 
Sigo inmiscuida en la conversación acerca de aquel lugar, cuando tengo que dejar de escuchar para prestar atención a otra voz masculina más lejana…
Me giro desde arriba de las escaleras del palacio y veo que es un hombre, no muy mayor, con un libro entre sus manos.
Sí, sí…está leyendo.
Lee marcando pautas y de una forma muy melódica…unas frases pausadas que suenan a poesía… y no me equivoco.
Ese hombre, había decidido deleitarnos la mañana de domingo, recitando poesía.
A su lado, tiene una especie de maleta con ruedas donde lleva un altavoz atado y por la que suena aquella dulce música.
Encima del altavoz, hay una pequeñita cesta de mimbre con algo de calderilla. Con algo de dinero que los que pasan por delante de él, le van dejando. Algunos simplemente por costumbre, otros por compasión, pero la mayoría por agradecimiento…
 
Mis amigos empiezan a bajar las escaleras, dirección al camino que continua por el parque.
Yo les sigo.
Pero al llegar al último peldaño, una fuera inexplicable me aprieta por encima de mi cabeza y hombros, en dirección al suelo.
Me dejo llevar por la gravedad…y me siento.
Tengo que hacerlo. Tengo que pararme.
Ese momento, importa.
 
En ese preciso instante, empieza a recitar una nueva poesía, la titula Mucho más grave de Mario Benedetti.
¿Tú la conoces? 
En ese momento, yo no conozco ni la poesía ni el autor… pero dejo que sus palabras fluyan dentro de mí.
 
Cierro los ojos.
Un mar de lágrimas invaden mi rostro.. hasta mi cuello.
Estoy emocionada.
 
Disfruto del momento.
 
La poesía concluye.
 
Soy consciente de la magia del momento, pero mis amigos me están esperando.
Me tengo que marchar.
 
Me incorporo del suelo y me dirijo a aquel señor.
Me acerco a él con la intención de abrazarlo, agradecerle de la mejor manera que se me ocurre, a aquel desconocido que ya no lo era para mí, que me había hecho sentir viva, que me había hecho sentir magia.
Pero aquella vocecita interior que a veces resurge, ¿no te pasa a ti?, se apodera de mi cerebro y le ordena a mi mano introducirse en mi bolso en la búsqueda de unas monedas.
Unas monedas, para dejarlas en aquella cestita de mimbre, que le acaba poniendo precio a todo aquello que no lo tiene.
 
A continuación sigo hacía el camino donde hace ya un rato mis amigos me esperan.
Recobro de nuevo, con ellos, la actividad iniciada durante aquella mañana. Un paseo por el parque.
Pero ahora es distinto.
Me siento distinta, y ellos me lo notan.
 
Mi sonrisa es imponente… y contagiosa.
Me siento muy feliz.
Feliz… porque en definitiva… siempre hay un motivo para sonreír….
 
 
 
Te invito a conocer la poesía de Mucho más grave
Te la presento en versión escrita y recitada por mí. Haz click aquí.
 
 
Cuéntame… ¿alguna vez te has emocionado al escuchar recitar una lectura?
Me encantaría conocer tu historia.
 
¡Hasta pronto!

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