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En Argelia, fue donde realmente comprendí, la magnitud de la belleza y del alma… del Desierto.

Argelia es el país más grande de África.
Mi África.
Su gran extensión es comparable en tamaño, a la amabilidad, hospitalidad y generosidad de su gente.
Te ofrecen su casa, a ti que eres un desconocido, como si fueras ese familiar que vive lejos y viene de visita.
Comparten contigo su comida, siempre, tengan mucha o poca.

La mayor parte de Argelia, está ocupada por el Desierto del Sáhara.
Mi Desierto.

En Argelia, yo viví una auténtica revolución y evolución interna.
Con cada paso que daba en la arena, más me sentía parte de ella, más lejos estaba de mis miedos y creencias… y más cerca de mi esencia en estado puro.

Uno de los recuerdos y tesoros que tengo de Argelia, es una pieza de museo y una parcela en mi corazón.

Era la última noche que pasábamos en el desierto, antes de iniciar el camino de regreso hacía Tamanrasset para el vuelo de vuelta a España.
Como en la mayoría de viajes por el Desierto, te trasladas en coches 4×4 y vas acompañado de gente local que son los conductores, cocineros y guías. En Argelia, tuvimos la suerte de tener con nosotros a un guía experto y muy conocido en la zona, Abdalah, un señor con mucha experiencia a sus espaldas.
Esa última noche, como despedida, el cocinero nos quiso deleitar con un gran manjar: cordero asado en brasas, enterrado en la arena. La mejor carne que he probado en mi vida.
Después de cenar quise leer a mis compañeros un escrito que había ido desarrollando durante el viaje y que me apetecía compartir con todos ellos.
Me emocioné mucho mientras lo leía y revivía aquellos sentimientos que estaba describiendo, que me arraigaban a ese lugar tan maravilloso y que yo ya amaba profundamente.
Abdalah, que era un hombre fuerte como pocos, mental y físicamente aunque era casi un saco de huesos, me observaba fijamente. Aunque yo no entendía el árabe y él tampoco el español, en aquel momento hubo comprensión y conexión, mucho más allá de las letras, las palabras y los idiomas… entendió mis sentimientos.
A la mañana siguiente, en cuanto nos levantamos, vino en mi búsqueda… Me dijo unas palabras que no entendí… extendió sus brazos… y me regaló su Takuba, su espada tuareg.
Yo, tartamudeando, intenté explicarle que no podía aceptarla: era un gesto de inmenso valor. Pero vino el cocinero, que algo chapurreaba de francés y español, para explicarme que lo estaba haciendo de corazón y no podía despreciar su regalo.
Yo no sabía qué decir, estaba profundamente emocionada.
Él me sonrió, dio media vuelta y se dirigió a su coche a seguir con sus quehaceres del día.
Yo me desplomé. Caí sentada en el suelo con la espada en mis manos.
Empecé a llorar… y entonces comprendí, que aunque no habíamos tenido profundas conversaciones durante el viaje… Abdalah, ese hombre del Desierto, me conocía como nadie.