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La primera vez que le conocí fue en Egipto, pero me lo presentaron de una forma muy discreta.
La segunda vez en Túnez, empezamos a conocernos y entendí que iba a ser algo relevante. Nos seguimos conociendo en Mauritania. Y en Argelia ya supe, que aquello era amor verdadero.
Volví de nuevo a Argelia, porque le echaba mucho de menos… y en Libia, ya le declaré amor eterno…


El Desierto.
A consciencia lo escribo con la primera letra en mayúscula, porque para mí es tan importante, que tiene nombre propio.


El Desierto.
¿Cómo explicarlo?
No se puede.
Es algo que no se explica… se siente.
¿Y qué se siente?
Puro sentimiento… y de una forma tan intensa, que te hace vivir la vida desde adentro.

Cuando durante tanto tiempo te has sentido perdida, sin saberlo o sin quererlo saber, quizás simplemente por el hecho de que tan siquiera te has preocupado en buscarte… y decides viajar al Desierto, pasa algo mágico.

Quien no lo conoce, acostumbra a no entender qué hay de especial en un lugar en el que parece que no hay nada. Solo arena. Dunas y dunas de arena.

Pero justo eso es lo que le hace tan especial, porque ante la nada… solo estás Tú… y puedes hablar contigo conversaciones interminables, sin interrupciones ni influencias.
Sin contaminación de ningún tipo.
Ni visual: no hay nada.
Ni acústica: no hay opiniones ni versiones de otras personas.
Estás sola.

Y decides caminar y subir a la alto de una de esas espectaculares dunas.

Cuando ante esa nada, te encuentras a ti misma, tu interior pasa por una fase de gestación en la que se reproducen ciertos sentimientos que te hacen flotar en la nada… en tu nada interior, que a la vez, es tu todo… Y sin darte cuenta… fluyes… como nunca antes lo habías hecho…

Normalmente esta aventura de viajar al Desierto la aliñas de grata compañía, que acostumbran a ser completos desconocidos. Desconocidos a los que vas conociendo, desconocidos que te van conociendo, y a la vez, ayudan a conocerte más a ti misma.
El encanto del Desierto hace que se compartan grandes momentos de risas, canciones, paseos… y de soledad compartida… convirtiendo a esos desconocidos en auténticas y duraderas amistades.

Aunque muchos la desconocen, la magia que envuelve al desierto, no tiene límites, por eso quien la experimenta no puede evitar volver.

“El silencio que borra las palabras”, así define Paulo Coelho al Desierto.
Y bien cierto es, porque cuando hay tanto sentimiento, normalmente, sobran las palabras…